El placer del bondage

El placer del bondage

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  SEXO

El arte del bondage y el shibari siempre me han parecido algo hermoso. Recuerdo que cuando era más pequeña, quizás una niña de unos 6 años, en algún sitio vi fotos de una mujer colgando de unos amarres desde un techo. Ella cubierta totalmente por cuerdas colocadas de forma en que, aunque lo intentara, no podría hacerlo. Eso me marcó. Luego intentaba hacer lo mismo con mis muñecas, pero utilizando los hilos de tejer de mi abuela. Verdaderamente nunca terminaban siendo yo deseaba pero me producía mucho gusto mirar a las muñecas cubiertas en hilos.

                  Con el paso del tiempo aprendí que esto era una forma de arte, que requería tanto talento y destreza como cualquiera de las artes mayores porque una persona inexperta realizando esta hermosa práctica, podía llevar incluso a que la persona amarrada perdiera un miembro. Mirar ante toda una cultura me hizo sentirme muy interesada por esto, mucho más cuando descubrí el placer sexual que está amarrado al bondage.

                  Por alguna razón, las personas que yo conocía no sabían nada de esto. Muchas veces, en las primeras experiencias sexuales que tuve, mencioné algo sobre esto de forma casual, esperando que la persona con la cual me estaba acostando, de casualidad supiera algo de esto y pudiera darme una sorpresa y, en el mejor de los casos, enseñarme un poco sobre este hermoso arte. Pero lo único que conseguía era ser atada de las muñecas atadas a la cama. Pero en unos nudos tan amateur que incluso me daba rabia que me amarraran e esa forma. Bondage con cordones de zapato o con cinturones de pantalones, sinceramente no era algo que me llamara mucho la atención y más que excitarme, me aburría. Sentía que estaba con amantes muy inexpertos. Sabía que estando con chicas de mi edad nunca iba a encontrar lo que buscaba.

                  No fue sino luego de muchos años cuando conocí al hombre que me hizo cumplir mis fantasías. Era un hombre casado, de cabello entrecano, que me llevaba unos 25 años de diferencia. Tenía las manos más que he conocido en mi vida. Él se dedicaba a la escultura y fue en una exposición donde lo conocí y hablamos un rato de su obra, que tenía tintes clásicos. Quedamos en irnos a tomar un trago en otro momento y eso hicimos, fue ahí cuando me contó de su esposa y sus hijos, pero eso no evitó que luego de un par de copas nos besáramos y que luego nos fuéramos a un hotel. Aunque no fue en esa oportunidad donde me mostró su afición por el bondage.

Fue en otro encuentro, mejor concertado, donde él me estaba esperando en el hotel con una cuerda de seda roja, suave, justo lo que necesitaba mi piel que aún era inexperta. Él me desnudo por completo y yo no me opuse. Realizó unos amarres de torso bastante complicados con la destreza con la que una mariposa mueve sus alas, luego de esto, me amarró pies y manos juntos, como se amarran a los cerdos para colgarlos de un frigorífico inmenso, pero con tanto arte que no hacía sino humedecerme. Así, imposibilitada a moverme, se bajó los pantalones y me folló como nunca me habían follado en mi vida. Desde ese momento, siempre que nos encontramos, tenemos un pacto secreto. El me da lo que deseo, esos amarres hermosos de bondage, y yo le doy lo que él desea, una amante joven siempre lista y húmeda para servirle.

 

 

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